Armando López Ibarra

Profesor Armando López Ibarra
Profesor

¿Cómo llegaste a la preparatoria?

A los 23 o 24 años, gracias a un amigo con quien trabajaba dando clases. Inicié en enero de 1971. A fin de ese año escolar, al entregar mis resultados, el director de la secundaria me pidió continuar. El licenciado Francisco Ugarte, hoy sacerdote, me dijo que iniciaban la preparatoria y me querían en el proyecto. Comencé clases en septiembre de ese mismo año. Impartiendo Geografía Económica en sexto de bachillerato.

Me gustó mucho la filosofía de la Universidad, la transmisión de valores éticos y morales. Con el paso del tiempo me fui compenetrando más, no solo en lo académico, sino en lo espiritual, en lo formativo. Todo ello me ayudó a seguir adelante y que lo hiciera con mucho gusto, desde el primero hasta el último día en que di clases. Es una gran satisfacción para mí: estoy orgulloso de esos treinta y seis años.

¿Cómo transmitir a los alumnos no solo ciencia, sino la ciencia de la vida?

A través de calidad académica y constancia: impartir buenas clases, lo que engloba la preparación de los temas y el material; proporcionar a los alumnos normas a seguir como puntualidad y asistencia, mantenerlas y vivirlas. Si entro a la siete de la mañana, debo presentarme cinco minutos antes. Lo mismo a la salida: si digo que finaliza a las siete cincuenta, es exactamente a esa hora que termino la clase. Es una norma constante para que los alumnos se acostumbren a tener regularidad en sus trabajos, en sus actitudes. La constancia implica no decaer, perfeccionarse cada día, ser mejor profesor, ejemplificar el orden, la disciplina, la calidad y, sobre todo, transmitirles los valores de la Universidad.

¿Cómo formar a los adolescentes?

Es una etapa difícil, porque aparecen fuertes cambios físicos y psicológicos. Me identifiqué mucho con ellos. Su psicología es especial. A veces están tristes, deprimidos, en ocasiones eufóricos. Son todo energía, pero energía desencadenada; nuestra labor es encauzarlos en los aspectos académico y ético. Estás formando personas con carácter, con calidad ética y moral. Se trata de que entiendan que los queremos preparar para la vida.

¿Cómo describirías la atención personalizada?

Estar al pendiente del estudiante, como alumno y como persona. Conocer situaciones académicas y formativas que le atañen. Esa educación integral se transmite no solo al alumno, sino a la familia. Tomamos en cuenta a los papás para hacer equipo con ellos.

Trabajé muchos años como asesor académico y combinaba eso: conversar con los alumnos para conocer sus problemas académicos y dialogaba con los profesores, hablaba con los papás para sugerir, con base en esto, un plan de trabajo. Los alumnos saben cuándo los profesores se interesan realmente en ellos. Independientemente de lo académico y lo científico, los valores éticos, morales, espirituales y el servicio de la capellanía, se ofrecen tanto a los alumnos como a los papás. Ello complementa la formación.

Al terminar cada año, nos entregaban nuestra evaluación: asistencia, puntualidad, manejo de grupo, preparación de la clase, conocimiento de la materia. Siempre obtuve diez. Me sentía correspondido y apreciado: tomaban en cuenta mi trabajo.

¿A quién recuerdas especialmente?

A todos los directores. Hubo profesores que hicieron historia. Había un profesor, Gabriel Molina, que daba clases de inglés, llevaba su guitarra; él formó el equipo de béisbol. Otros eran muy intelectuales como los doctores Morán, Kramsky y Héctor Lerma, a quien le aprendí mucho. La lista es larga.

¿Alguna anécdota memorable?

Cuando recién entré a la preparatoria y terminé ese primer curso, entregué mis calificaciones. Al salir de la oficina, alguien tocó mi hombro. Era el licenciado Juan Soto Cerbón, el director. Nos saludamos y me felicitó porque… había reprobado a su hijo. Sentí que me hundía y le expliqué que su hijo no había cumplido con el examen ni con los trabajos. Me comentó que admiraba mi espíritu de justicia, pues había reprobado… ¡al hijo del director!

Anécdotas ocurrían todos los días. Ahora que estoy jubilado, he pensado escribirlas.

¿Cómo describirías el ambiente?

De una convivencia amable entre profesores y alumnos. Son agradables las relaciones de trabajo entre profesores, autoridades y personal administrativo, que surge en las actividades académicas y socioculturales. Este ambiente de camaradería permite que las personas se identifiquen. Todo se conjuga para contar con un magnífico ambiente. Son ya 36 años de vivir la preparatoria —prácticamente casi toda su historia—, hasta que me jubilé en 2008. Cuando me di cuenta estuve ahí, feliz, casi cuarenta años.